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El mundo sigue… y la miseria también

La obra maestra de Fernando Fernán Gómez

Foto: Fernando Fernán Gómez en una imagen de El mundo sigue”

En su última película, El dinero (1984), Robert Bresson llevó su pesimismo hasta un lugar sin retorno: no hay salvación para la condición humana. El vil metal todo lo mancha y embrutece. En su libre adaptación de El billete falso de Tolstoi, los constantes planos detalle del dinero que corre de mano en mano no hacen sino recordarnos, sin lugar al equívoco, el conducto de la desgracia. Pensábamos quizá que en ninguna otra película los fajos de billete adquieren una presencia tan primordial, como si fuera el único lenguaje que entiende el hombre, pero hay que retrotraerse al Madrid de principios de los sesenta que documentó Fernando Fernán Gómez en El mundo sigue (1965) para encontrar un filme cuyo flujo lo marca la circulación de billetes. El dinero adquiere el mismo estatuto que los protagonistas: las hermanas Elo (Lina Canalejas) y Luisa (Gemma Cuervo), y el despreciable marido de la primera, Faustino (Fernán Gómez).

Rescatar hoy para la gran pantalla una obra de este calibre, desplazada de los censos del gran cine español tal y como lo fue en su tiempo, maltratada y vejada por el franquismo, apenas distribuida en vídeo o DVD y desaparecida del imaginario popular durante medio siglo, no solo responde a un acto de justicia histórica, también a la pertinencia de las miserias del pasado para alumbrar las del presente. A pesar del empeño negacionista de discursos oficiales, la pobreza no puede esconderse. La pobreza siempre duele y ejerce sus mecanismos de humillación, pero cuando la reconocemos en las calles de nuestra ciudad y en los genes de nuestra identidad, inevitablemente golpea con más fuerza. Fernán Gómez encontró en la Guía de pecadores de Fray Luis de Granada el exordio moral de la película: “Verás maltratados los inocentes, perdonados los culpables, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos; verás los pobres y humildes abatidos, y poder más en todos los negocios el favor que la virtud”. Veremos todo eso en El mundo sigue. Veremos una relación fraternal embrutecida por el materialismo y veremos la esperanza de una quiniela truncar en obsesión destructiva. Veremos el Madrid de las grandes avenidas en el retrato verista de la gran ciudad en ciernes, abatida por la penuria, la envidia, la maledicencia, el machismo y la ruina moral. Veremos los únicos rayos de luz en una abuela inquebrantable a la fatiga (conmovedora Milagros Leal) para alimentar a su nieto desnutrido, acaso también en un crítico de teatro (Agustín González) que equivocó el destino de su amor. En su crónica familiar, Fernán Gómez persigue la estética neorrealista para extraer violencia y frustración de cada plano, y una clase de verdad en su retrato de la vida española en los años sesenta que atraviesa el tiempo para salir fortalecida. El mundo sigue abre un agujero en la pared para asomarnos al Madrid de hace medio siglo y ver lo que fuimos (lo que fue España), sentir que la corriente sanguínea de la historia nos vincula con los fantasmas de un país que creíamos transformado.

Contagiado acaso por las explosiones de modernidad en el cine europeo, todo ello lo cuenta el actor y cineasta -dando vida a españolito mezquino- con la audacia dramática de las alteraciones temporales, con el empleo de monólogos interiores para revelar las conductas psicológicas de sus castigadas criaturas, proponiendo juegos de montaje en fértil dialéctica con el drama. Es el mismo autor que después adaptaría Ninnete y un señor de Murcia y que ya había escrito y dirigido La vida alrededor (1959), el mismo cineasta esencial para escrutar la tradición de nuestro cine (y nuestra historia) que años después emprendería El viaje a ninguna parte (1986) para cerrar su filmografía en el origen de todo, Lázaro de Tormes (2001). Basta ver su legado para no olvidar de dónde venimos y comprobar adónde hemos llegado. La vida sigue y la pobreza sigue matando.  CARLOS REVIRIEGO |  Edición impresa

“ANALES DE LA ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS”

“ANALES DE LA ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS”

¿Presidencialismo o Parlamentarismo?

Cada cierto tiempo, ya fuere durante un período de expectativas que sucede a otro de desgaste, ya fuere después de una crisis institucional muy intensa, reaparece una discusión –hasta ahora poco fructífera– acerca de si nuestra democracia, para mejorar, debe mantenerse dentro del régimen presidencial –cuyos defectos acentúa la crisis, poniéndolo en discusión– o si debe innovarse injertando –como ha sucedido en algunos casos– instituciones cercanas al régimen parlamentario, o ir más allá e implantar lisa y llanamente el parlamentarismo. La crisis de comienzos del Siglo XXI no escapó de lo rese- ñado precedentemente. Los insistentes cambios de gobierno, alejados de la ortodoxia constitucional, ocurridos entre 2001 y 2003, reabrieron la discusión, poniendo de manifiesto –algunas voces provenientes de la doctrina, otras de la política activa– que quizás lo sucedido desde fines de 2001 hubiera podido evitarse si nuestro régimen fuese más parlamentario y menos presidencial Sigue leyendo “ANALES DE LA ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS”

Los Sumerios

Los Sumerios

La civilización sumeria es considerada como la primera y más antigua civilización del mundo ( en el  Neolítico o Edad de Piedra Nueva o Pulida) Aunque la procedencia de sus habitantes, los sumerios, es incierta, existen numerosas hipótesis sobre sus orígenes, siendo la más aceptada actualmente la que argumenta que no habría ocurrido ninguna ruptura cultural con el período de Uruk, , lo que descartaría factores externos, como podían ser invasiones o migraciones desde otros territorios lejanos. El término “sumerio” es el nombre común dado a los antiguos habitantes de baja Mesopotamia por sus sucesores, los  semitas acadios . Los sumerios se llamaban a sí mismos sag-giga, que significa literalmente “el pueblo de cabezas negras”. La palabra acadia shumer puede representar este nombre en el dialecto, pero se desconoce por qué los acadios llamaron Shumeru a las tierras del sur. Algunas palabras como la bíblica  Shinar, la egipcia Sngr, o la Hitita  Šanhar(a) pueden haber sido variantes de Šumer. De acuerdo al historiador babilonio Beroso, los sumerios fueron “extranjeros de cabezas negras”.

Los sumerios solamente consideraban dos estaciones: el verano y el invierno. El Año Nuevo se celebraba a principios del verano coincidiendo con lo que para nosotros sería finales del mes de abril.

La fiesta del Año Nuevo era en honor de la diosa Inanna (más tarde Ishtar), diosa del amor, del sexo y la guerra. Inanna no fue jamás una diosa madre como algunos  creen y nunca tuvo hijos. Era la joven rebelde del panteón sumerio. Inteligente y dispuesta a aprender de los errores; pero también con una gran ambición personal, compasión hacia los humanos y paralelamente un carácter muy vengativo. En una ocasión, tras haber sido violada por un jardinero, lanzó contra la humanidad una serie de plagas (agua que se convierte en sangre, lluvia de ranas y langostas, úlceras en la piel.

La fiesta conmemoraba la bajada de la diosa al infierno, donde atravesaba las siete puertas del mismo, dejando una prenda en cada una y entregando su propio cuerpo en la última, tras lo que moría. Sin embargo, al tercer día resucitaba y retornaba triunfante al mundo más poderosa que nunca. Se piensa que también era una forma de conseguir “sincronizar” los nacimientos, pues se intentaría que gran parte de las mujeres quedasen embarazadas dando a luz en un momento del año en que, recogida la cosecha, los bebés podían ser mejor atendidos .En las primeras versiones del mito, Inanna encuentra a su marido, Dumuzi, en medio de una fiesta y enfadada lo envía  al infierno. Los sumerios tenían una total desinhibición hacia el sexo, considerándolo una parte fundamental de la vida, por lo que en esos días se practicaba, y mucho. La diosa Ishtar , parece que amparaba las prácticas homosexuales o transexuales y la promiscuidad. Así es como en el poema babilonio de Erra  se critica duramente la actitud de un rey de Uruk, que no trata con suficiente amabilidad a “prostitutas, cortesanas y busconas […] a los chicos alegres que cambiaron su masculinidad por femineidad” ya que éstos con sus actos veneran a la diosa. Parece que el hecho de que los jóvenes durmieran en sus propias camas era algo preocupante y la copulación en las calles era una práctica habitual. El papel de la prostitución no está claro, y una posible función ritual ha sido discutida.
Dependiendo de las ciudades, la fiesta duraba más o menos días -la media era de una semana-. A lo largo de esas jornadas se celebraban banquetes públicos costeados por los templos o el palacio del gobernante, y se organizaban recitales de música y procesiones solemnes durante las cuales se arrojaban regalos a la multitud.
El acto central del Año Nuevo era la ceremonia de la hierogamia o matrimonio sagrado. Durante la misma el gobernante pasaba al interior del templo y, ante la estatua divina, se acostaba con la gran sacerdotisa, momento en que le eran transmitidos sus poderes de mando. En realidad, se piensa que la mayor parte de las veces el sexo era fingido, pues se sabe de casos en que dicha gran sacerdotisa era hija del gobernante y para los sumerios el incesto era un delito terrible. El hecho de que fuera real o fingido dependía de las épocas y las ciudades. Hubo casos en los que la gran sacerdotisa quedaba embarazada y al hijo/a se le otorgaba un carácter semidivino. Hay que tener en cuenta que, para los sumerios, no era vergonzoso ser madre soltera. De hecho, Sargón de Akhad, gran conquistador y fundador de la dinastía acadia, se jactaba en su biografía de ser hijo de una madre soltera, la cual lo había abandonado en una cesta en el río, siendo y adoptado por un miembro de la corte real de Kish que lo encontró.
Tras la hierogamia, todo el mundo hacía el amor, ya fuese con su amigo preferido, hombre fuerte y gustoso o con las hieródulas del templo (prostitutas sagradas). Tampoco estaba mal visto hacer el amor esos días con el/la amante de turno. Los hombres podían tener concubinas y amantes, y las mujeres podían tener amantes siempre que el marido les diera su permiso. Y parece que sí era habitual que lo dieran, además tampoco importaba si la mujer quedaba embarazada, pues para los sumerios los hijos eran fundamentales y el marido no tenía inconveniente alguno en adoptar al retoño, teniendo éste todos los derechos de un hijo natural

Arreglos y agregado del relato histórico:

S. Liliana Aguirre

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