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Dejarse querer, quererse a uno mismo

El psicólogo y maestro René Trossero ha ayudado a muchísimas personas a mejorar su calidad de vida. En una charla con , René Trossero afirma que para vivir en plenitud hay que dejarse querer, quererse a uno mismo y abrir el corazón a los demás; y que el desafío más grande es aprender a sufrir y a encontrarle sentido al dolor.

La conversación con Sophia tiene lugar una soleada mañana otoñal en su consultorio de Palermo. René dispone de una hora. Luego tiene cita con su médico. Hace pocos años superó un cáncer de pulmón y en su historia clínica hay más de veinte operaciones.

. “Soy como los autos viejos; cada semana debo ir al taller para hacerme chapa y pintura”, aclara con humor.

Pero si bien los minutos son pocos, la charla es tan rica, que la sensación que queda, cuando uno sale de su consultorio, es la de haber estado allí la mañana entera. Cada palabra, cada gesto, cada silencio tiene un sentido. René es de los que hablan poco y dicen mucho. Un viejo sabio, un abuelo al que uno escucha porque tiene un largo camino recorrido.

Sostiene que vivir amando es mucho más exigente y complicado que vivir una religión; que la educación es hueca si se queda sólo en la instrucción. Dice que lo importante es encontrar el camino y ser fiel con uno mismo y con lo que se elige. Y explica que, si de verdad los hombres nos amáramos, habría una revolución, ya que la sociedad está organizada sobre la base del engaño y la mentira.

Patear el tablero

René detesta, sobre todo, la mentira. Su vida es ejemplo de ello. Fue cura desde los de los 22 años hasta los 42, y un buen día decidió ponerle punto final a su sacerdocio. ¿Por qué? “No comulgaba con algunas enseñanzas católicas y tuve que ser honesto conmigo mismo y con la Iglesia a la cual pertenezco y quiero”, confiesa.

Por qué cuesta tanto vivir el amor?    Es enormemente exigente porque requiere el doble trabajo de conocerse a uno mismo en profundidad, quererse y respetarse, para luego abrirse al otro, estar atento a sus necesidades y procurar su bien. Creo que tenemos miedo de conocernos y, también, de abrirnos al otro. Vivimos desconectados, fragmentados. El resultado es el encierro, el miedo y el egoísmo. Si de verdad la sociedad estuviera organizada en función del amor, sería revolucionario, tendríamos que cambiar muchas cosas. Hoy la convivencia está organizada sobre la base de la desconfianza. Yo cierro con llave mi casa y mi auto por temor a que me roben. Si supiera que los demás me tratarían con respeto, no haría falta que lleve tantas llaves conmigo y los cerrajeros se quedarían sin trabajo. Y así con todo.

Con todas las facilidades que dan la tecnología y el dinero, el hombre occidental parece más infeliz. Las personas en general vivimos a “media máquina” de nuestra capacidad de gozar, de reírnos. ¿Dónde está el secreto de la felicidad?

Edita L. A

 

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