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Maitri: El fin del automaltrato

“Me odié a mí misma y no fui correspondida.” Esto lo escribí yo, sobre mí, hace ya años. Y me impactó el hecho de que esas palabras nacieran desde mi hondura sin pensarlas, -como si mi Inconsciente me lo quisiera hacer saber desesperadamente-. Porque eran ciertas ambas cosas: por un lado, fui saliendo de la adolescencia con un marcado rechazo hacia mi identidad, que se acentuó gracias a que encontré quienes me ayudaran a des-quererme cada vez más (y que yo les creyera, claro). Pero, por otro, porque trabajando mucho sobre ello, llegué a darme cuenta de algo esencial: NO de que “había desarrollado mi autoestima” (palabra bastante pobre, pues si te digo “te estimo” no es un “te AMO”)

Sucedió que algo dentro mío, fundamental, constitutivo de mi Núcleo, no coincidía con esa mirada hacia mí. Vi que desde ese lugar en forma natural manaba fácilmente afectuosidad hacia quien yo era, incluyéndome en la misma afectuosidad que en forma sencilla experimentaba hacia todo lo existente: los animales, la Belleza en sus distintas formas, las personas dignas, los menos favorecidos… hacia mis seres queridos y aún hacia la Humanidad toda, como inmensa y confusa familia.

O Sea: no se trataba de que yo tuviera que aprender a quererme sino de que, desde mi propio centro hacia mi conciencia periférica, mi espíritu más profundo me valoraba desde siempre… ¡pero yo no me había dado cuenta! Esa Porción del Todo que me habita me amaba tal como amaba a todo lo que amaba; por eso no podía corresponder a mi autorrechazo. Yo sólo tenía que aprender a recibir ese afecto, -tan ajeno al temido egocentrismo-, y ejercer reciprocidad, pues quien se rechaza a sí mismo omite honrar la porción del Todo que le encarna, y que necesita de la experiencia humana para desplegarse. Muchos años después supe que en la Psicología Budista a esto se le llama Maitri: la práctica cotidiana de una amistad incondicional consigo mismo. El autorrechazo se aprende de varias fuentes: a veces en la crianza, por el desamor de los más cercanos; otras, nace o se refuerza a partir de códigos culturales que propician la constante comparación competitiva con personas aparentemente “perfectas”: exitosas, bellas, amadas y felices como las de la publicidad del yogurth light. Y en mi trabajo como terapeuta vi lo mismo que yo había padecido: que entre las más patéticas fuentes de aprendizaje del automaltrato estaban las enseñanzas que deberían ayudarnos a conectar con la Fuente del auto-Amor: los preceptos religiosos mal transmitidos, y los “gurúes” que azotaban psicológicamente en nombre de lo Sagrado (y de su propia afirmación como “seres elevados”).

He visto personas preciosas que han tenido que hacer un esfuerzo titánico para dejar de maltratarse en nombre del “crecimiento espiritual”: adiestradas en aborrecer su “imperfección” (¡y aún sus grandezas!) en base a creencias limitantes arteramente inoculadas… personas mancilladas o abusadas por psicopáticas “autoridades” que les descalificaran en nombre de “aniquilarles el Ego” (pésima traducción de conceptos de Oriente que significan… ¡otra cosa!); o bien gente confundida por confudidos terapeutas de diversa índole (académicos o alternativos), imbuidos de pensamiento mágico o de abofeteantes diagnósticos. Y puesto que si uno se automaltrata lo que encuentra afuera son maltratadotes (ya a priori autorizados por nosotros), esas buenas personas suelen pasar por vínculos que se presentan primero como relaciones de Amor, y terminan siendo ponzoñosos en su grado de descalificación, de indiferencia, de reafirmación de este error fundamental: “¿Qué otra cosa merezco yo sino el rechazo?”.

El fin del automaltrato se da cuando uno comienza a ejercer la No-Violencia hacia sí. No-Violencia es algo bien distinto de pusilanimidad o flojera: es una firmeza que nace del propio Ser, y que lleva hacia el bien común (que nos incluye). Gandhi le llamó Satyagraha: “La fuerza de la Verdad”. Y lo que dijo es tan aplicable hacia el mundo externo como hacia el interno: “El primer principio de la acción no violenta consiste en no cooperar con cualquier cosa que sea humillante. Adoptar ese principio obliga a separarse de toda forma de explotación.” También de sí mismo hacia sí mismo, y hacia todo el que colabore con que nos despreciemos. Hagámoslo. Hagámoslo ya.

Publicado por la revista “Uno Mismo” de Argentina-Chile, octubre 2010

*Por la Directora del Centro Transpersonal de Buenos Aires

*Lic. Virginia Gawel

 

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